Kafka en la orilla de Haruki Murakami
on las cualidades, no los defectos, las que arrastran al hombre a la tragedia. n la vida, todo es una metáfora. , cosa extraña, cuando hablaba con los gatos, jamás se le agotaban los temas de conversación. ara un samurái, una promesa tiene una […]
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- Mamá gato

on las cualidades, no los defectos, las que arrastran al hombre a la tragedia.

n la vida, todo es una metáfora.

, cosa extraña, cuando hablaba con los gatos, jamás se le agotaban los temas de conversación.

ara un samurái, una promesa tiene una importancia capital. La fidelidad tiene más valor que la propia vida.

na revelación trasciende los límites de lo cotidiano. Y una vida sin revelaciones no es vida.

sta ventana es la ventana de mi corazón, esta puerta es la puerta de mi corazón.

ubo una época en que alcancé algo demasiado perfecto. Y luego no me quedó otra cosa más que despreciarme a mí misma. Esa es mi maldición.

uizá se experimente una felicidad mayor al poseer algo que simbolice la libertad que poseyendo la libertad en sí misma.

o que yo deseo, la fuerza que yo busco, no es aquella que lleva a ganar o a perder. Tampoco quiero una muralla para repeler fuerzas que lleguen del exterior. Lo que yo deseo es una fuerza que me permita ser capaz de recibir todo cuanto proceda del exterior resistirlo. Fortaleza para resistir en silencio cosas como la injusticia, infortunio, la tristeza, los equívocos, las incomprensiones.

ú no tienes la culpa de todo. Tampoco la tengo yo. Tampoco es culpa de la profecía, ni de la maldición. No es culpa del ADN, ni del absurdo. No es culpa del estructuralismo, ni de la tercera revolución industrial. Que nosotros vayamos decayendo y perdiéndonos se debe a que el mecanismo del mundo, en sí mismo, se basa en la decadencia y en la pérdida. Y nuestra existencia no es más que la silueta de este principio.

asta que las cosas no ocurren por primera vez no han ocurrido nunca.

l amor es así, Kafka Tamura. Si son tan sólo tuyos esos maravillosos sentimientos que casi te impiden respirar también debes ser tú quien vague perdido por las profundas tinieblas.

l principio del laberinto reside en tu propio interior. Y éste se corresponde con el laberinto exterior.

o que existe fuera de ti es una proyección de lo que existe en tu interior, lo que hay dentro de ti es una proyección de lo que existe fuera de ti. Por eso, a veces, puedes hollar el laberinto interior pisando el laberinto exterior. Aunque eso, en la mayoría de los casos, es muy peligroso.

iensa con la cabeza. Piensa qué debes hacer. Pero ya no puedo pensar en nada. Por más que piense, a fin de cuentas, acabaré en un callejón sin salida.

oy un hombre hueco. Un vacío que va devorando la sustancia. Y, justo por eso, no debo temerle a nada absolutamente a nada.

o amé tanto como es posible amar. Y él me amaba a mí de la misma forma. Vivíamos en el interior de un círculo perfecto. El interior de aquel círculo lo comprendía todo. Pero aquello no duró eternamente, claro está. Nos hicimos adultos, los tiempos cambiaban. El círculo empezó a abrirse, por aquí y por allá, y las cosas del exterior empezaron a anegar aquel paraíso, y las cosas que había dentro empezaron a desparramarse por fuera. Es algo natural. Pero a mí, entonces, no me lo pareció.

o lo sé. Es difícil juzgarse a uno mismo -contesto con franqueza . Pero durante toda mi vida me he esforzado en ser cada vez más fuerte, aunque sólo fuera un poco más.

l hecho de tenerla delante hace que sienta un agudo dolor en el pecho, como si me clavaran un cuchillo congelado. Es un dolor muy intenso, pero yo más bien agradezco esta intensidad. Puedo solapar mi existencia con ese dolor helado. El dolor se convierte en un ancla que me mantiene firmemente amarrado aquí.

uiero que te acuerdes de mí. Si tú me recuerdas, no me importará que el resto del mundo me olvide.
ace mucho tiempo abandoné a alguien a quien no debería haber abandonado -me revela la señora Saeki-. Al ser que amaba por encima de todas las cosas. Me aterraba perderlo, así que tuve que dejarlo yo. Antes de que me lo arrebataran o de que desapareciera por cualquier circunstancia fortuita preferí abandonarlo yo. Por supuesto, también estaba presente un sentimiento de ira que no amainaba. Pero me equivoqué. Jamás tenía que haberlo abandonado.


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